Con “ a fuego lento” me refiero a esos platos a los que tienes que dedicar tiempo y cariño. De los que requieren de una preparación, de una elaboración cuidada y sobre todo … esos que sólo te salen cuando tienes ganas de hacerlos.
Ya no me refiero al tiempo –que cada uno tiene su disponibilidad-sino a la predisposición de tu mente a realizar el plato, a ejercer todos los actos de la cocina. Uno a uno. Y , si puedes, disfrutando en el intento. Si no estás ahí, en la cocina en cuerpo y alma, es posible que lo que salga sea un churro. Más o menos comestible, pero un churro. La concentración, como en muchos deportes, es vital para que todos los ingredientes armonicen, se unan o diluyan, se equilibren y sepan a gloria .
Así que , como el día lo ha permitido, me he adentrado en el mundo del “ a fuego lento”.
Como flotaba la inspiración en mi cocina, lo primero que he hecho ha sido preparar todos los ingredientes. Los he dispuesto en boles y he ubicado en el lugar adecuado, las especias y los básicos (aceite, sal, pimienta..). Cuando todo ha estado preparado, he iniciado el ritual de la receta: saltear, sofreír…. Cada cosa a su tempo y en el lugar que yo creo que le corresponde. Entonces, el aroma ya ha empezado a esparcirse y algo me ha dicho que íbamos bien. Al principio, he encendido la tele de la cocina pero tanto el Diario de Patricia como el Embarazo de Letizia me han hecho desestimar esta opción. Siguiendo un viejo ritual , he conectado la minicadena y me he obsequiado con el completo “Love songs” de Barry White.
En estado de máxima concentración, he continuado todo el proceso hasta dejar mi reluciente olla en estado de “chup-chup”. A fuego lento.
En esta fase, ya me había aventurado a la prueba de la cuchara de palo , y-realmente- empezaba a sentir orgullo por lo que se cocía allí dentro.
“Chup-chup”.
Mientras mi guiso seguía a lo suyo, he recogido todos los utensilios. He limpiado y ordenado y todo ha salido bien . Ágil. Coordinado. Hay veces, que haciendo el mismo plato, dejo la cocina totalmente arrasada a mi alrededor. Abro mil armarios, busco lo que me falta para seguir, y no se por que se me amontonan los cacharros a cada paso que doy. Esta fase de “recogida” es , en esos momentos, muy penosa. En cambio, en otras ocasiones, hasta eso se convierte en una tarea sencilla. Hoy, ha sido así. Mi cocina lucía primorosa y mi receta cobraba vida, lentamente.
Ahora, reposa. Es uno de esos platos que se merecen que el tiempo los perfeccione y lo dejaré, a fuego apagado, para que descanse con el calor que aún emana.
Mañana, concursará en el Torneo de Paladares . Si gana, dejará de existir.
No quedará nada de ese chup..
Curiosamente, cuando se cocina -“ a fuego lento”- lo que mejor sienta al cocinero es que su obra , desparezca. Que la fuente se vacíe . Que se acabe untando pan. Que el plato reluzca… y que te digan -un mínimo de dos veces durante toda la comida- lo exquisito que es.
El primer happy second de la cocina , ya lo he vivido. Ahora me falta el segundo. Si mi percepción de los sabores y aromas no me engañan y no me he dejado llevar por un exceso de triunfalismo, mi plato puede ser ganador.
Y entonces, se irá triunfal , bocado a bocado y yo escucharé las alabanzas (voluntarias o inducidas, ya se verá) de los que lo caten.
Chup, chup…
Sonando : Can’t get enough of your love, baby. Bary White

A mi me relaja cocinar y, como bien dice la autora, hay que estar concentrado, me aparta de los posibles quebraderos de cabeza que tenga en ese momento. He de admitir que cocino poco ora por falta de tiempo (soy de los que gusta cocinar en "caçola", plato mínimo 3 horas), ora por falta de ganas (al disponer de menos tiempo personal lo destino a otros hobbies).
Bien, remontándome a cuando solía cocinar casi cada fin de semana os diré que mis HS empezaban prontito; a eso de las 8 de la mañana cuando salía de casa dispuesto a seleccionar, en el mercado, los mejores ingredientes que pudiera adquirir. Primero me desayunaba sin prisas un buen trozo de bacalao o un pié de cerdo en ese bar de la plaza con su chatito de vino y un carajillo. Las paradas a esa hora son vírgenes y un placer estético; sólo han pasado los cocineros de restaurantes y alguna otra ama de casa adelantada; los demás solían llegar sobre las 10 cuando yo me iba dispuesto a meterme en cocina (acompañado de ópera y copa vino) a dar lo mejor de mi para mis amigos.
es un placer pensar en las caras que pondrán cuando se chupen los dedos y en las veces que te dirán lo rico que está; casi siempre...
Lo único que te exigiré si vienes a uno de mis ágapes es que no lo debores, que paladees, que te tomes tu tiempo, que bebas y que, sobretodo lo acompañes de una buena conversación.
Bon profit.
Publicado por: flyer | miércoles 11 de mayo de 2005 en 15:49