Ayer, estuve en el mercado. Parecería algo trivial , frecuente y desprovisto de encanto sino fuera porque me acerqué a la experiencia de una forma antropológica. Es decir, me colgué cámara de fotos digital al cuello y me coloqué el bolso cruzado (por los carteristas, que son típicos de los mercados y aglomeraciones humanas) . LLevaba un capazo a la antigua usanza (que servía para dar una imagen romántica de la acción de comprar pero fue un estorbo durante todo el proceso) y una curiosidad activa para ver y oir lo que allí se cocía.
En el mercado, había un murmullo constante, a veces roto en su armonía por algún gritito de publicidad casera de los frutos de la parada en cuestión. Las paradas se habían dispuesto en un perfecto rectangulo de 5 pasillos, bajo una glorieta que protegía del sol . Recorrí todo el mercado ,observando cada puesto, para ver donde me satisfacían más los productos : había tenderetes literalmente arrasados y otros completamente abastecidos. En unos, se arremolinaba la gente como si regalaran el género y en otros, no había ni un alma. Era difícil elegir una de las paradas porque a no ser que lo que se exponía estuviera muy chungo (tomates tipo pasa, lechugas deprimidas, cebollas balndengues...), no era capaz de apreciar cual era el lugar donde yo debía comprar.
Hay unas premisas básicas : 1) Que los productos sean locales (para lo que me fue muy bien , ver las cajas de frutas y verduras apilotanadas, con los nombres de sus productores. ¿Sabéis que hay una marca de fruta española que se llama Kunta Kinte? La caja tiene un orangután dibujado y un paisaje exótico. ), 2) Que no existan las cajas de la premisa anterior, y todo este almacenado en barquillas y recipientes propios, 3)Que los frutos provengan de huertecito encantador, de un payés de un pueblo cercano que cultiva para su uso personal y lo que le sobra (poco y codiciado) lo lleva los sábados al mercado. Evidentemente, el punto 3) es el más difícil de identificar.
Paré en un puesto de embutidos caseros e hice una buena compra. Casi al final, le pregunté al tendero donde comprar fruta y verdura -bajo la premisa 3- y tuvo una respuesta vaga y poco precisa. Supongo que , o no tenía ni la más remota idea o era solidario con sus compañeros, negándose a elegir uno respecto a los demás. Pero... a mi lado había una señora "master" en ese mercado. Era mayor y recia, con un acento catalán cerrado, y ese aire de suficiencia del que sabe por donde se mueve. Iba con una bata de esas frescas de verano y unas alpargatas de esparto. LLevaba un monedero ( de los que tienen el cierre con dos borlas que se cruzan y hacen "click") en la mano -nada de bolsos cruzados. El dinero entre los dedos, por supuesto-y una lista de "varios" escrita en un trozo de sobre.
Aquella mujer se apiadó de mí y me transmitió la información que solo se consigue a fuerza de patear el mercado, varias veces. Descubrí que aquella señora tenía ganas de hablar porque me obsequió con una descripción pormenorizada de las paradas a las que yo debía acudir. Los puestos que estaban arrasados y en los que dormitaban aquellos pimientos marchitos eran los de los pequeños huertos (el género se les agotaba en la primera hora de venta). En el puesto nº 2 del ranking , estaban los especializados (allí peras y manzanas, que son de sus frutales. En aquella, frutos secos y legumbres. La de arriba de todo, butifarra, que la hace en casa...) y finalmente, en el puesto nº 3 pero , conisderada la joya de la corona, la parada llamada "Del Bullí".
Y llámame mitómana, pero al descubrir la parada donde la leyenda dice que Ferran Adrià compra su materia prima,ya no hubo otra cosa que despertara mi interés.La señora máster-en-el-mercado, no solo me instruyó sino que me hizo esperar que acabara su compra (100 gr de cansalada viada) y me acompañó al lugar, satisfecha en su papel de guía y recompensada por las veces que le dí las gracias por su "sabiduría".
La parada del Bullí era una buena parada. Y me paré.
Cuando finalizó mi aventura en el mercado (la señora máster-en-el-mercado casi estuvo conmigo hasta el final), me ví volviendo al coche cargada de bolsas de plástico (siempre he pensado que es más agradable que te den la compra en bolsas de papel) y mi bonito capazo vacío y molestando. Metí una bolsa de plástico en el capazo solo por darle un cierto protagonismo (estaba al borde del suicido) y anduve como pude rodeada de tanta verdura, fruta y butis...
Esta parte final fue la del sacrificio y la más costosa, porque el sol arreaba lo suyo y el parking estaba lejos del mercado. Pero cuando dispuse la compra en el maletero del coche y encendí el aire acondicionado volví a reconciliarme con la visita antropológica y sonreí al recordar a la señora-master...Sin ella, todo hubiera sido diferente.Interferimos mutuamente en nuestras vidas por un corto espacio de tiempo . Dos almas diferentes que se acoplaron durante un ratito para dar y recibir. No sé si ella se acordará de mí (supongo que sí porque no me dejó ni a sol ni sombra) pero lo que es indiscutible es que yo si me acordaré de ella.
Para muestra , un botón.
Mercado (Acuarela y plumón, papel arches)
Pilar Reyes Noriega
Desde hace algunas décadas estamos asistiendo a nuevos fenómenos sociales, culturales y tecnológicos, la sociedad urbana, moderna e industrializada, es a la vez la generadora y receptora de estos cambios.
Existe por otro lado un gran número de colectivos u organizaciones, cuyas condiciones de formación, educación, renta y vida, no les permiten entrar en esta dinámica de cambio social, quedando excluidos de la sociedad del conocimiento, la información, el ocio, el bienestar, en definitiva: la igualdad de oportunidades.
Publicado por: Viagra Online | viernes 11 de diciembre de 2009 en 22:09